sábado, 2 de junio de 2012

Cosas de hace más de una década, o un viaje por un país que no existe (I)

Cuando inauguré este blog mi intención era sobre todo escribir de cosas de montaña, así que comenzaré por una pequeña historia de hace ya una década. Un mes de mayo mi amigo Santi y yo decidimos recorrer el tramo del GR-11 -la senda pirenaica de gran recorrido que va del cabo de Creus al de Higuer-, en concreto el tramo navarro que va de Roncesvalles hasta Hondarribia.
Salimos de Madrid en autobús hasta Pamplona, y tras unas horas de vagabundeo por la vieja capital, que por cierto aproveché para comprar en la librería Xalbador un ejemplar de Odolaren mintzoa, precisamente del bertsolari Xalbador, tomamos otro autobús que tras subir renqueando los altos de Erro y Mezkiritz nos depositó en Burguete -o Auritze. El plan era comenzar a caminar a la mañana siguiente hacia el albergue de Sorogain, donde habríamos de hacer noche, y de ahí hacia Elizondo a través de los hayedos del Quinto Real, que no tienen nada que envidiarles a los de Irati.
Pero no contábamos con la feroz niebla, que en esa parte de Navarra es especialmente maligna y obstinada. Tras desayunar en la pensión de Burguete donde nos habíamos alojado fuimos andando hasta Roncesvalles, sitio en que técnicamente comenzaba la ruta, haciendo al revés el camino de los peregrinos. La colegiata y edificios anexos apenas se intuían: en semejante mañana, uno esperaba que en cualquier momento apareciese fray Guillermo de Baskerville -o sea, Sean Connery- mientras le explicaba a Adso de Melk -Christian Slater- váyase usted a saber qué pérfido crimen perpetrado mediante códice asesino. En cualquier caso, la niebla no mostraba intención alguna de aclarar; que yo se sepa, a pesar de los ríos de tinta escritos sobre la Rota de Roncesvalles ningún historiador ha reparado en lo útil que debió ser la bruma mañanera (según las estadísticas, hay más de cien días de niebla al año en esa parte del Pirineo) como eficaz aliada de la perfidia Vasconum cierto día de verano del año 778... "Clers fut li jurz e bels fut li soleilz" dice la Chanson de Roland, claro era el día y bello lucía el sol, pero lo suyo era imaginarse la muerte de Roldán y los Doce Pares en un radiante día de verano, y no sórdidamente acabados en aquella tiniebla. A veces la densidad de la niebla se aligeraba aquí y allá y dejaba entrever las montañas y riscos de los alrededores, que de esta manera no obstante no dejaban de hacer honor a esos hermosos versos que tantas veces se repiten en el cantar épico: "Halt sunt li pui e li val tenebrus, / les roches bises, les destreiz merveillus", altos son los montes y tenebrosos los valles, pardas las rocas y temibles los desfiladeros.
Al final nos pusimos en marcha sin encomendarnos ni a dios ni al diablo, que así salió la jornada. Siguiendo la regata de Xuringoa nos internamos en un pequeño valle algo melancólico, que bajo la niebla ciertamente recordaba los viejos versos franceses, y acometimos la no muy larga pero dura subida hacia las cimas gemelas Menditxipi y Mendiaundi, desde donde el camino comienza a descender hacia Sorogain. A ratos parecía que la niebla iba a aclarar, y hasta nos dejó ver varias veces el llano de de Erro, otros se hacía aún más densa, hasta que hacia el mediodía al fin aclaró y quedó una tarde de primavera ciertamente bonita y radiante. Pero algo iba mal; caminábamos siguiendo la tenue senda marcada por muchas pisadas a través de los pastizales, pero la brújula señalaba que nos movíamos en dirección norte, cuando deberíamos hacerlo hacia el este o suroeste. Una consulta al mapa de Alpina -un día he de dedicar un sentido elogio sentimental a los mapas de la editorial catalana- al menos permitió colegir dónde nos hallábamos: al pasar junto al peñasco de Mendiaundi la senda se bifurcaba, pero desorientados por la niebla, ya que bastante teníamos con no perder el vacilante camino, habíamos tomado el que va hacia Lindus sin darnos cuenta, y de hecho lo más seguro es que ya hubiésemos rebasado la muga. Como para retomar el camino correcto había que desandar mucho de lo andado, decidimos hacer un forzado cambio de planes, y bajar hacia Urepel, donde pasaríamos la noche para dirigirnos a la mañana siguiente hacia Elizondo.
Así pues, dejamos el cordal que va a Lindus y de ahí va bajando hasta confudirse con las colinas que rodean Donibane Garazi y comenzamos a descender hacia Urepel, por una trocha montañera que al cabo de mucho rato se convirtió en pista. Las cañadas, montes y barrancos se sucedían. Aunque pronto comenzamos a ver bordas y ganados, no encontramos a nadie. Tras una caminata muy larga llegamos al fondo del valle. El calor apretaba y hacía rato que se nos había acabado el agua de las cantimploras, y aunque bajaban regatas por todas partes, al ser ya zona de prado bajo y mucho ganado no nos atrevimos a coger agua. Pronto encontramos el primer caserío, junto al que pasaba la pista, y como había una señora a la puerta, el primer ser humano que veíamos desde que habíamos salido de Roncesvalles, le pregunté si había alguna fuente. Me dijo que había varias, pero que para el caso nos llenaba las cantimploras en la cocina. La mía aún era de las que iban recubiertas de una áspera tela verdosa, y la mujer me la devolvió deplorando que se hubiese mojado, como si aquello tuviera mucha importancia: "Oi oi, oihala trenpatu duzu...". Oihala pronunciado "oi-h-ala", con aspiración, y no "oyala", como hasta entonces había oído. Dado que mi francés siempre ha sido muy vacilante, me apareció natural hablar en euskera.
Media hora después ya estábamos en el núcleo de Urepel, donde no había aboslutamente nadie. Nos detuvimos un rato mirando el monumento a Xalbador, así como el inevitable recordatorio de los muertos de la Gran Guerra, que en Urepel está en euskera: la lingua Vasconum al servicio del patriotismo francés. A los pies de la estatua del soldado -el típico poilu de la I Guerra Mundial- había una corona de flores aún bastante fresca adornada por dos bandas, una con los colores de la ikurriña y la otra con los de la tricolor francesa. Recordamos que unos días antes se habría conmemorado el Día de la Liberación: en casi toda Europa occidental el 8 de mayo es fiesta. En todo caso, impresionaba la interminable lista de muertos en tan parva localidad, y eso que Urepel y en general todo el cantón de Baigorri, según supe más tarde, fue una de las zonas del Hexágono con mayor porcentaje de insumisos y desertores, ya que con cruzar la frontera e irse a casa de unos parientes en el Baztán o aledaños podían escapar fácilmente de la matanza. Así como que no fueron pocos así mismo los baztaneses que se establecieron en las localidades vasco-francesas para no tener que ir a Cuba o a Marruecos. La comunidad de lengua y parentesco reforzada por el deseo de no tener que ir a matar y morir por la Patria -la española o la francesa-, vaya paradoja.
La fonda-hotel local estaba cerrada por vacaciones, según rezaba un cartel, así que visto el panorama no nos quedó más remedio que seguir hacia al siguiente localidad, Aldude, ya por la carretera. Serían las seis de la tarde cuando llegamos, esto es, a una hora ya francamente intempestiva tratándose de horarios franceses. Estábamos molidos, pero el cansancio se convirtió en desaliento cuando descubrimos que el hotelillo local estaba igualmente cerrado -más tarde supe en es en mayo cuando los dueños de hoteles y fondas de Iparralde más se cogen las vacaciones. Desalentados entramos en el único bar abierto, el del trinquete. Encima amenazaba lluvia
El tabernero era un chico joven, más o menos de nuestra edad -la que teníamos entonces- que debía estar bastante aburrido, porque no había nadie, y como además era bastante simpático se puso a darnos conversación. Le contamos nuestras peripecias, y Philippe, que así se llamaba, nos dijo que no nos preocupásemos, que no íbamos a pasar la noche al raso; o por usar la palabra en euskera que entonces oí por vez primera y que me encanta, afrontuan. Nos dijo que en Esnazu había otro hotelillo, y que seguro que estaba abierto, pero que no eran horas para que nos acercásemos andando hasta allí (¡a sólo tres kilómetros!), y entonces llamó por teléfono al alcalde y nos dijo que podíamos dormir en un pequeño albergue anexo a la escuela del pueblo.
Para ser exactos, junto a la escuela había dos albergues, uno más moderno, aunque no demasiado, donde había un grupo bastante ruidoso de niños de un colegio de Biarritz, y otro más antiguo, hecho de cemento y con tejados de cinc, con cierto aire de campamento militar de la II Guerra Mundial. En conjunto, todo con ese aire de cosa antigua, usada y sin embargo muy limpia, que es lo que te encuentras en Francia. Fue en el segundo donde pasamos la noche: jamás recuerdo haber sentido una sensación de confort tan agradable como cuando arrebujado en mi saco de dormir por fin se puso a llover. Afuera.
El día amaneció igualmente brumoso, lo que nos desalentó bastante. Los niños que estaban de campamentos desayunaban, y una mujer entrada ya en la cuarentena nos preguntó en francés si queríamos desayunar nosotros también. Al darse cuenta de que no me manejaba muy bien en esa lengua, intentó hablar en castellano, que dominaba igual de mal que yo el francés, de modo que le dije que sabía euskera. Nunca me he encontrado con una reacción más positiva y alegre por hablar la lingua Vasconum; nuestra alegre anfitriona le hizo saber a su compañera, que andaba igual de atareada dando de desayunar a los niños de Biarritz -tanto ellos como los monitores hablaban en francés-, que los dos misteriosos forateros venidos de Madrid vía Roncesvalles hablaban en eskuara. La tarde anterior ya le había oído a Philippe hablar con cierto desdén de las gentes de Miarritze: "Miarritze Eskual Herrian dago, baina ez duzu Eskual Herria ere" fueron sus palabras. Tras del desayuno intenté averiguar a quién se debía pagar el alojamiento y desayuno, pero la respuesta fue taxativa: la mujer me dijo con una sonrisa que con decir por ahí que las gentes de Aldude saben acoger a los pobres montañeros perdidos se darían por bien pagados. Lo cierto es que siempre tuve la sensación de que la curiosa familiaridad dada por la lengua vasca tuvo que ver bastante con que no tuviésemos que pasar la noche afrontuan.
El bar del trinquete estaba cerrado, así que no pudimos despedirnos de Philippe para agradecerle la atención. Emprendimos la marcha cuesta arriba por la carretera que lleva hacia el puerto de Urkiaga, y que debíamos abandonar por una pista una vez pasada la aldea de Esnazu, a la que llegamos tras una media hora. Las montañas estaban cubiertas por la niebla, y caía una fina llovizna. El hotel de que nos había hablado Phillippe estaba abierto, así que entramos a tomar un café y a hacer tiempo a ver si acalaraba, porque no teníamos demasiadas ganas de volvernos a perder. Lo atendía una mujer de mediana edad, quien debía estar igualmente aburrida, porque pronto se mostró bastante locuaz.
Al preguntarnos acerca de donde veníamos, se dio un pequeño malentendido lingüístico, porque al contarle una vez más nuestras desventuras, la mujer añadió a modo de comentario: "A, Orreagatik korrituz jin zizte!". No era la primera vez que oía la expresión. Yo le expliqué que habíamos venido andando, no corriendo, pero se me ocurrió que el dichoso korritu debía ser otra cosa. "Korritu zer da, mendian ibili edo?". "Horixe, horixe, mendian ibili, mendira juin, ta hola". Me hizo gracia la pregunta que me hizo a continuación: "Eta zuek nola erraiten duzue korritu Espainian?". Le contesté que, a lo que sabía, en España no hay una palabra en euskera específica para "andar por el monte". La mujer nos tranquilizó acerca de la niebla, que pronto se iría -"Sarri juinen duzu"-, lo que fue cierto, y nos dijo que de joven el camino a Elizondo a través de Argibel y Harrikulunka lo había hecho a pie muchas veces, porque tenía parientes en España, en Elizondo. Al fin nos despedimos, y salimos del hotel. Tras dejar atrás las pocas casas de Esnazu, la carretera hacía una curva muy pronunciada, de la que si el mapa de Alpina y las explicaciones de la hotelera no mentían salía la pista que luego e convertiría en senda y nos llevaría cerca del puerto de Urkiaga pero más arriba, desde donde sin problema habríamos de retomar el GR-11 cerca de las imponentes peñas de Argintzu.  

lunes, 14 de mayo de 2012

Cuando la lengua es la (única) patria

Hace años me dejé olvidado en un tren de cercanías un libro que apreciaba mucho. Intenté consolarme pensando que quizá llegase a manos de quien le pudiese sacar igual provecho y disfrute. No sé si pensaría igual la persona que no mucho después en otro convoy abandonó a su suerte otro libro. En aquella época mi trabajo estaba cerca de la Cibeles, y todas las noches tomaba el tren en la estación de Recoletos, que entre semana y pasadas las 10 de la noche es uno de los lugares más tétricos del mundo. Luego los vagones solían estar vacíos de gente, pero los centenares, quizá miles de viajeros que habían transportado durante el día seguían estando presentes de alguna manera; el aire estaba cargado, y el suelo y asientos cubiertos de periódicos  gratuitos o restos de los mismos, dando cuenta de una actualidad a punto de convertirse en agua pasada, arrugados y manoseados.
Había sido un día en que al cansancio de un trabajo lleno de espinas y aguijonazos se había sumado algún tipo de aflicción personal, porque guardo el vago recuerdo de que sólo deseaba llegar cuanto antes a casa y proceder a esa disolución temporal de nuestro ser que es el sueño. Según me senté atrajo mi atención un libro no muy grueso que había en el asiento de enfrente. Se llamaba El último encuentro, y su autor era Sándor Márai. Lo tomé, leí la noticia de la contraportada, pero no me resultó especialmente atractivo lo que prometía; el título incluso me parecía algo cursi. Pero sea como fuere, comencé a leerlo, más por matar el aburrimiento del viaje que por otra cosa. Terminé la lectura en casa varias horas más tarde, ya de madrugada. Así es como me convertí en un devoto seguidor del escritor húngaro, al poco de que una pequeña editorial -entonces lo era- apostase por traducir y publicar a aquel desconocido, y bastante antes de que cualquier suplemento cultural o dominical le dedicase espacio alguno, cuando Márai ya contaba con un discreto pero fiel número de lectores.
Sin embargo, aunque Márai fue un gran novelista, el libro entre los suyos que más me ha cautivado es ¡Tierra, tierra!, escrito hacia 1970: se trata de las memorias de tres años, exactamente desde enero de 1945 hasta el verano de 1948, es decir, desde el día en que Márai vio al primer soldado del Ejército Rojo en una aldea cercana a Budapest donde se había escondido con su familia huyendo de los cruces flechadas -la feroz variante local del fascismo, a cuyo lado los SS pasaban por correctos caballeros-  en razón de su remota ascendencia judía, hasta que decidió abandonar su patria -la física- para no volver nunca más.
Pero no es exacto del todo decir que abandonó su patria -sea lo que fuere lo que se esconda tras esa resbaladiza y ambigua palabra. La localidad natal de Márai, Kassa, en la que había nacido en 1900 como súbdito del Imperio Austro-húngaro, por obra de la ingeniería étnica de la posguerra quedo anexionada a Eslovaquia -entonces Checoslovaquia-, y el estado húngaro de entreguerras, aquella extraña monarquía sin monarca cuyo fino cronista social había sido él mismo, simplemente había desaparecido.
En 1947 Márai pudo hacer un viaje a Suiza, Italia y Francia. El telón de acero no había caído del todo, y los ciudadanos del Este aún tenían cierta libertad de movimientos. Naturalmente, se planteó no volver, pero lo que encontró en Europa occidental no le alentó demasiado: estaba tan envilecido y desprovisto de alma como Europa oriental. Fue sólo entonces cuando se percató de cuál era su verdadera patria:
"¿Dónde estaba mi sitio? ¿En un Occidente arrasado que de tanto mentir se había vuelto sordo? ¿O bien debía regresar a Hungría? ¿Y qué me esperaba allí? ¿La "patria"?... No tenía ganas de hacer promesas ni de concebir ilusiones. No creía que la "patria" me estuviera esperando. Pero hay en la vida instantes en que oímos una respuesta o un mensaje pronunciados en voz muy baja. tenía que regresar a Hungría, donde no se em aguardaba, donde no existían para mi tareas ni misiones, pero donde había algo que para mí es lo único que tiene sentido en la vida: la lengua húngara.
En ese momento lo comprendí por segunda vez con todas sus consecuencias. Porque a mí, ni de joven ni de mayor, ni siquiera después de haber vivido dos guerras mundiales, nunca me ha interesado nada más -de verdad y con todos sus componentes y detalles- que la lengua húngara y su manifestación más plena y suprema, la literatura húngara. Una lengua que -entre los miles de millones de seres humanos- sólo entienden diez millones. Una literatura que -al estar encerrada en esa lengua- nunca ha podido, por más esfuerzos heroicos que haya hecho, dirigirse al mundo en su auténtica realidad. Sin embargo, para mí esa lengua y esa literatura siginifican una vida plena, porque sólo en esta lengua puedo decir lo que quiero decir (y sólo en esta lengua puedo callar lo que deseo callar). Porque sólo soy verdaderamente yo mientras pueda traducir mis pensamientos en palabras húngaras. Por ejemplo, la idea -surgida en la noche del 10 de febrero de 1947- de que para mí no hay más patria que la lengua húngara. así que debía volver inmediatamente a Hungría. Vivir allí, esperar a que se pudiera escribir de nuevo libremente (...)"
Pero la evolución de los acontecimientos en Hungría en los meses siguientes le empujó a tomar la resolución de exiliarse. Intuyendo que quizás no volvería nunca -de hecho, se suicidó en 1989 en California, después de morir su mujer y su hijo, unos meses antes de que Hungría abriese sus fronteras- durante meses se aplicó a almacenar en su interior toda la cantidad posible de lengua húngara:
"De repente, como buscan el agua subterránea los animales y las plantas en época de sequía, yo comencé a buscar, en las obras de los escritores húngaros de "segunda fila", ese algo que me quería llevar, porque sabía que en el extranjero no podría encontrar ni rastro de ello".
No es que Márai se ocupase afanosamente en recopilar esas obras de "segunda fila" para llevárselas físicamente en su equipaje, sino que se dedicó durante meses a leerlas, a absorberlas, para llevarlas en su interior. Porque la paradoja es que este escritor que primero había abandonado la escritura en alemán para escribir en su lengua materna y luego había hecho de esta su única patria pasó el resto de su vida cultivando la literatura en húngaro sin que pudiese publicar nada en Hungría, único sitio donde sus libros podían ser entendidos -tras la caída del Muro, cuando unos pocos connoisseurs buscaron sus libros, se encontraron que, incluso en cierta librería de Budapest famosa por pasar literatura de contrabando prohibida por el régimen, ignoraban que nunca hubiese existido un escritor llamado Sándor Márai, a pesar de haber sido el escritor "de moda" del periodo de entreguerras. Durante décadas, fue un escritor situado fuera de su comunidad lingüística, la única que podía entenderle.
El caso de Márai recuerda parcialmente al de otro exiliado, el premio Nobel Isaac Bashevis Singer, aún más trágico si cabe, por cuanto desde su exilio neoyorquino escribía en una lengua prácticamente extinta por simple liquidación física de sus hablantes, el yiddish. Sin embargo, Singer se cuidó de que sus libros apareciesen en cuidada versión inglesa. Algunos libros de Márai fueron traducidos antes y después de la guerra, pero puntualmente. Por otra parte, aunque Márai colaboró a veces con la radio Europa Libre, tampoco se labró una carrera de militante anticomunista: su falta de fe en el comunismo derivaba más bien de una falta de fe en la Idea Única, sea esta la que fuere, que de un entusiasmo ferviente por los valores defendidos por el bloque occidental. No tuvo ninguna vocación de ser el Solzenistin húngaro.
En esta obra no faltan algunas reflexiones sobre la cultura húngara que inevitablemente me recuerdan a cosas de casa. El húngaro ciertamente tiene más hablantes que el euskera, pero vive igualmente encerrado en su mundo. Del mismo modo, pertenece a la cultura europea, pero sin entrar en ninguna de sus grandes regiones lingüísticas -la románica, la germánica, la eslava...
"(...) el idioma húngaro no se hallaba todavía tan anclado en las distintas capas de la conciencia literaria como el alemán, el italiano o el francés. Estas lenguas europeas se nutrían de su periferia idiomática teutónica, latina, eslava... El idioma húngaro no había sido almacenado en ningún lugar: hubo de reunir sus palabras durante un milenio entero, echando mano de vocablos prestados que en ocasiones eran extraños y no tenían nada que ver con el espíritu del idioma. El poeta húngaro, al cavar en las capas más profundas de su conciencia, no siempre encontraba palabras o términos apropiados para describir un fenómeno nuevo: era como si la lengua se hubiese quedado adormilada, somnolienta, en algún lugar lejano del siglo pasado. (...) Había que darle al idioma húngaro una buena dosis de vitaminas porque, después de mil años de presencia en Europa, seguía necesitando el alimento que recibía de otras lenguas. Un escritor checo que en medio del proceso de escritura descubría que necesitaba urgentemente alguna expresión recurría a las lenguas vecinas, al idioma ruso, al polaco o a algún dialecto eslavo, y encontraba de inmediato todo lo que precisaba. Pero el húngaro, ¿a quién podía pedir prestado?".
Después de todo, Márai recuerda que los nómadas magiares que allá por siglo X se establecieron en las llanuras danubianas no buscaban hacer ni cultura ni una patria, sólo pastos para sus animales. "Fueron precisamente los poetas los que terminaron transformando los pastos en patria. Siempre son los poetas los que transforman los pastos en patria". En húngaro patria se dice szülöföld. Ignoro si, como en euskera aberri, fue una de esas palabras que en determinado momento hubieron de ser "importadas" porque la había en otras lenguas pero no en húngaro. Para Márai, la lengua terminó por ser la única que conocía.
Aunque sin mediar exilio físico alguno, las reflexiones de Márai me recuerdan inevitablemente a un bello poema de Xabier Lete, publicado en su último libro: Kantu xahar batek hunkitu nau ustekabean (Egunsentiaren ezku izoztuak, "Neguan izan zen" XI).

Una vieja canción aún me ha emocionado de improvisto
ha herido mis remotas raíces
que ahora sangran y desnudas
ya no tienen el amparo de la tierra amada,
una cierta melancolía me lleva a aquellos tiempos
en los que eran legítimas asombrosas denominaciones
a los ecos que eran acrecentados por los pasos,
pero hay acaso esperanza en el país de los sones
acaso no fueron también envilecidos los campos sagrados
los vuelos de las palomas blancas en los montes
las herramientas, los rincones cabe el fuego, los gestos de amor con lo nuestro,
cuando hay algo ahí que debiera ser la patria
pero ya no está,
sólo esa ausencia y dispersión,
todo ya perdido, en quienes se marcharon
o quizá en quienes se quedaron pero sin saberlo,
sin poder ya adivinar qué era lo que nos construía,
hechos girones los más hermosos vestidos
aquellos que vestía el casero los días de fiesta
cuando aún habitaba poéticamente la tierra,
y esa gran pena ante lo que se nos va extrañando
cuando también hablar del amor es una herida del desaliento,
"adios ene maitea, adios sekulako".

Lete ya había dejado de creer en patria alguna. Recuerdo, no obstante, que en la última entrevista que le hicieron en la radio rompió a sollozar cuando pusieron la vieja canción de amor Adios ene maitea, adios sekülako cantada por Antton Valverde.

lunes, 16 de abril de 2012

Der Wanderer über dem Nebelmeer

Ha habido un cuadro del pintor alemán Caspar David Friedrich (1774-1840) que siempre me ha fascinado: se llama Der Wandeder über dem Nebelmeer (El caminante sobre el mar de niebla). Fue pintado en 1818 y hoy se conserva en la Kunsthalle de Hamburgo, aunque hace ya bastantes años pude verlo en una memorable exposición que el Prado dedicó a ese enigmático artista alemán. Eran, por cierto, aquellos felices tiempos de entrada gratuita, cuando al museo casi sólo entraban los turistas extranjeros y algunos estudiantes y podías ver y dialogar con los cuadros sin verte constreñido por una rugiente masa provista de móviles y otros artefactos ruidosos. Por aquellos años uno de mis libros de cabecera era el Hiperión de Hölderlin, estricto contemporáneo de Friedrich, y mi edición llevaba en la portada otro cuadro de Friedrich: el no menos inquietante Mar de hielo.

Lo cierto es que esa idea, la de llegar a la cima de una montaña y encontrarte que las nubes y la niebla apenas te dejan entrever nada, siempre me ha fascinado: nunca he considerado un día perdido alguno de aquellos es que asciendes esforzadamente a una cima para encontrarte con que apenas puedes ver nada. Esos días casi los considero más hermosos que los demás. Ver las nubes sobresaliendo del mar nubes es ciertamente hermoso, pero cuando apenas ves más allá que las rocas más cercanas emergiendo fantasmales de entre la niebla y la nieve para mi empieza la fascinación.

Hay un soneto muy hermoso del poeta John Keats, románticamente fallecido de tuberculosis en Roma a la edad de 25 años, que trata de esa introspectiva fascinación: Written upon the Top of Ben Nevis. En él Keats se encuentra en la cima de la montaña escocesa, blind in mist, cegada por la niebla: I look into the chasms, and a shroud / vaporous doth hide them; - just so much I wist / Mankind do know of hell; I look o'erhead, / and there is sullen mist, - even so much / Mankind tell of heaven; mist is spread / before the earth, beneath me... "Y yo miro a los abismos, y un manto de niebla / me los oculta, y entonces yo querría / que sepan los hombres que hay un infierno, y miro hacia arriba / y sólo hay niebla triste, y aún así / pueden los hombres hablar de un cielo, y la niebla esconde / la tierra a mis pies...". ¿Y qué decir del poema de Joxean Artze, Gure bazterrak? Quizá los mejores paisajes son aquellos que no llegamos a ver, porque son los que están en lo más profundo de nosotros.

Otro poeta romántico, Giacomo Leopardi, tiene un poema que quizá nos da la clave de esa fascinación: L'infinito. De niño, Leopardi solía subir a una colina junto a su Recanati natal a la que los paisanos llamaban de modo un tanto misterioso el Monte Tabor. Curiosamente, esta pequeña montaña impedía ver desde la ciudad el majestuoso panorama que quedaba detrás, el de los Montes Apeninos que se dirigen hacia el mar Adriático a través de la región de la Marcas. Y, paradójicamente, esa limitación del paisaje real hacía que Leopardi se anonadase entre los paisajes interiores: Ma sedendo e mirando, interminati / spazi di là da quella, e sovrumani / silenzi, e profondisima quiete / io nel pensier mi fingo; ove per poco / il cor non si spaura. Al final, de la limitación de los sentidos llega a una idea de eternidad y de abandono de sí mismo: e mi sovvien l'eterno / e le morti stagioni, e la presente / e viva, e il suon di lei. Cosí tra questa / immensità s'annega il pensier mio: / e il naufragar m'è dolce in questo mare.

Yo también he naufragado muchas veces en el Nebelmeer que me fascinó una fría mañana de domingo de noviembre de hace ya casi dos décadas.



Here are the craggy stones beneath my feet, / thus much I know that, a poor witless elf, / I tread on them, - that all muy eye doth meet / ist mist and crag, not only on this height, / but in the world of thought and mental might! "Aquí están las escarpadas rocas, bajo mis pies, / y sólo sé que, pobre duende sin ingenio, / piso sobre ellas, y cuanto mi ojo alcanza a ver / no es sino risco y niebla, no sólo en esta cima / sino en el mundo del espíritu y todos sus poderes".

lunes, 19 de marzo de 2012

De caminantes, bicicletas y otras cosas

Hace no mucho tiempo vi un reportaje de la BBC en La 2 en el que a propósito de no me acuerdo qué hablaban de la anatomía humana, de los inconvenientes que nos ha acarreado que nuestros antepasados se irguiesen para poder avistar la caza (y a sus depredadores) y un buen número de cosas más que ahora no hacen al caso. Decían, sea como fuere, que visto como máquina el cuerpo humano está magníficamente diseñado para andar, es decir, desplazarse sobre ambas piernas a una velocidad de entre 4 y 6 kilómetros por hora; "metiendo caña", llegamos hasta los 7 e incluso 8, pero más allá ya se trata de correr. Ahora bien, como corredores somos bastante flojillos, y como nadadores aún peores. Bien es cierto que en milenios de cultura y civilización hemos aprendido a domesticar animales como el caballo, que hemos creado toda suerte de artefactos que nos desplazan por tierra, mar y aire e incluso hasta fuera de la Tierra misma y, the last but non the least, que en el ultimo siglo y medio largo ha habido una singular caterva de gentes empeñadas en contradecir la ley de la gravedad y que a semejanza de las largatijas, salamandras y otros bichos podemos subir por una pared vertical e incluso superar un extraplomo, con el agravante añadido de que tal cosa suele hacerse por el mero gusto de hacerlo. Nil mortalibus ardui est, / caelum ipsum petimus, "No hay nada arduo para los mortales, / y al mismo cielo apuntamos", sentenció sabiamente Horacio. Pero ocurre que la cultura va por delante de la evolución natural, y a la fecha andar sigue siendo la forma más natural de desplazarnos, aquella para la que mejor estamos adaptados y la que menos lesiones nos produce, dicho sea de paso.

Pergeño estas divagaciones (que espero no lleguen a desvarío) bajo la influencia de lo vivido ayer. Sin dudarlo, fue un día hermoso de montaña en gratísima compañía, en el que no faltaron ratos de andar silencioso -"absortos en la caminata", como escribiera Unamuno-, alternados con otros de discreto alborozo y alguna risa. Sólo hubo una mancha que ensombreció el comienzo de la jornada, afortunadamente sin mayor trascendencia.

El plan era salir tranquilos a "estirar las piernas" en una caminata que comenzó en el puerto de Navacerrada y que por la venerable y maltradata Senda Schmidt, la de los Cospes, el Carril del Gallo, el puerto de la Fuenfría, el de la Marichiva y la Garganta del Río Moros nos habría de llevar hasta la estación del Espinar, todo un clásico del hoy semiolvidado guadarramismo. Mi temor era que, como viene ocurriendo de un tiempo a esta parte, en el primer tramo del camino, especialmente en la Senda Schmidt y la de los Cospes, los "ciclistas" no nos lo iban a poner fácil.

Bien, estábamos fuera de uno de los bares del puerto de Navacerrada comentando el tema, y propuse la estrategia a seguir, consistente en actuar igual que con otros caminantes cuando avistásemos un "ciclista" lanzado a toda velocidad hacia nosotros, esto es, actuar con una mezcla bien dosificada de cortesía, educación y sentido común: cuando te cruzas con alguien que viene de frente, dejas sitio para que pase, algo por lo demás nada complicado en el ahora ensanchado camino Schmidt, pero sin salirse de la senda trepando por una piedra o metiéndose entre los helechos, ya que el monte en general y los caminos en particular son de todos, lo que quiere decir que además de uno, son también de los demás, pero también de uno. Si el humilde caminante actúa de esta manera, añadía yo, el "ciclista" puede pasar sin ningún problema. El inconveniente, eso sí, es que tiene que aminorar la velocidad, algo que no obstante cae por su peso, por cuanto es el "ciclista" el que de unos años a esta parte ha comenzado a transitar un camino que se creó hace ya más de un siglo para la gente andase. Exactamente igual que si se metiese por una acera o paseo peatonal lleno de viandantes.

Bien, parece que esto no gustó demasiado a un pintoresco "ciclista" que estaba cerca y que decidió terciar en conversación ajena diciendo que nos estábamos "pasando". El energúmeno aquel me acusó de haber dicho lo que dije para que él lo oyese; en honor a la verdad, debo decir que sí me había dado cuenta de su presencia y de que de modo un tanto descarado estaba pegando la oreja, aunque fue más bien al contrario, me plantée cambiar de tema, pero al final no lo hice porque creo que uno tiene derecho a hablar de lo que quiera con sus amigos. Si el tema hubiese sido, pongamos por caso, alguna clase de defecto físico o discapacidad, no hubiese dudado en dejarlo al avistar a alguna persona que pudiese darse por aludida, como dictan las más elementales normas de comportamiento en una sociedad civilizada, pero como la temática era, digamos, la reprobación de las malas costumbres, creo que no merecía la agresión verbal. No voy a comentar en extenso la intervención de aquel elemento maleducado al que al final hubo que mandar a hacer puñetas.

Hace no mucho alguien me preguntó qué tengo contra las bicicletas, y contesté que nada, y que además uno de los pocos deportes que he seguido ha sido el ciclismo. De hecho, soy propietario de dos de esas máquinas -por cierto, los únicos vehículos que poseo-, una de ellas una hermosa BTT de la marca BH que mis buenos cuartos me costó y que me ha deparado ratos muy agradables de esforzado pedaleo por las dehesas y cañadas del pie de monte de Guadarrama. En pistas anchas o en las aún más anchas cañadas reales de la antigua trashumancia -o lo que va quedando de ellas- me doy el gusto de pedalear fuerte y sentir el viento en la cara, pero cuando voy un camino estrecho y hay gente andando entiendo que son los caminantes los que tienen preferencia. Lo malo es que muchos elementos parecen haber olvidado algo tan elemental -o más bien, nunca tuvieron noticia de ello- y han convertido las antaño pacíficas sendas "clásicas" de Guadarrama (la Schmidt, los Cospes, los Alevines, Ortiz, la bajada de la Calle Alta del Rey hacia el Cerro Hornillo o de la Marichiva hacia el refugio del Peñalara, y un largo etcétera) en un circuito de trial en el que el caminante parece ser ahora un obstáculo. No tengo nada contra las bicicletas, pero sí contra esas cuadrillas de trogloditas que jamás pisaron una montaña (ahora tampoco lo hacen) y que, en caso de no te hubieses percatado de su presencia, algo ciertamente difícil por los gritos que van pegando, te conminan con un ¡Paso! a que saltes del camino so pena de ser arrollado, o de recibir un exabrupto si no haces ademán de salir del camino y tienen que frenar. Los que hacen esto último son los menos, porque la mayoría sabe muy bien de qué lado está razón -y puede que hasta alguna ley-, pero no falta quien me haya reprochado el haberle obligado a aminorar la velocidad. Es ciertamente demencial que quienes huyendo del asfalto y del tráfico se van caminar a la montaña, y además lo hacen por sitios que se abrieron para eso mismo, se vean así convertidos en un estorbo y en algo que simplemente sobra.

Lo peor es que pienso que este problema es un síntoma, uno más, de la decadencia del montañismo como uno lo entendía. Cuando yo era chaval, existía en efecto el montañismo-alpinismo, y la única especialización la ponían los medios, conocimientos, aptitudes, osadía y material del montañero. La gente se calzaba las botas y se iba a "patear", y a partir de ahí se pasaba, si se podía o quería, a escalar, a hacer invernales, o a lo que hiciese falta, que bien podía ser acabar metiéndose en brega en algún ochomil, pero se empezaba por calzarse las botas. Ahora resulta que la cosa se ha especializado y nadie "hace montaña": hay senderistas, bulderistas y xtrem-bikers, mientras que algunos insolentes se atreven a clasificar el alpinismo entre los "deportes de riesgo", cosa que nunca fue, por paradójico que parezca.

Lo de senderismo merece un comentario. Por estos lares es sinónimo de "montañero de segunda división", pero a uno, que con un honroso puesto en tercera regional se conforma, le molesta bastante tal uso. En Juan de Mairena escribía Machado que deporte es cruzarse la Sierra de lado a lado un día de invierno y que se quite lo demás, y quienes lo hemos hecho unas cuantas veces sabemos que tenía toda la razón.

"Ah, ¿entonces haces senderismo?" es a menudo la irritante frase que te espetan practicantes de actividades variopintas que se llevan a cabo en la montaña pero que de montañismo nada saben, y a los que a uno les gustaría verles desenvolviéndose solitos en plenos Pirineos sin más auxilio que un mapa y una brújula, un par de piernas y algo de sentido común. No es mi caso, pero puedo imaginar el grado de irritación que tamaña estupidez debe producir cuando eso se lo dicen a quien en tiempos mozos tuvo trato frecuente con las cuerdas y las inverosímiles artes de la verticalidad.

Partiendo del simple principio de que uno sale al monte a hacer lo que le venga en gana (siempre que te dejen, claro), creo que lo de recorrer esos viejos senderos sin mayor complicación técnica no sólo es algo muy agradable y relajante, sino que de hecho conforma lo que podríamos llamar la base del sistema. Suelo leer las entrevistas que hacen en la prensa a los alpinistas, y a la inevitable pregunta de cómo comenzaron sus carreras las respuesta suele ser en casi todos los casos que salían de críos al monte con sus padres, y que de aquellas "humildes" ascensiones a Siete Picos o al Gorbea surgió el deseo de ir más allá y de atreverse a más. Podríamos hacer una sencilla comparación con la natación: existen clubes donde gentes de todas las edades y con diferentes estilos practican el complicado arte de desplazarse por el agua. De vez en cuando, sale algún chaval especialmente dotado que a base de entrenamiento llega a competir y, con mucha, mucha suerte y aún más entrenamiento, puede llegar a ser olímpico y hasta a ganar alguna medalla. Bien, hace poco leí una entrevista a un nadador madrileño ex olímpico, y a la pregunta de que por qué los resultados en natación son tan escasos la respuesta fue clara: se ha invertido mucho en centros de alto rendimiento, pero las administraciones han dejado a su suerte a los clubes amateurs, que, decía, son el "humus" imprescindible para que pueda llegar a haber nadadores de élite; es decir, si en la sociedad no hay afición extendida a la natación -o a cualquier otra disciplina deportiva- el empeño en conseguir competidores de nivel será tan vano como querer obtener rosas vistosas plantándolas en arena, observación extensible, a mi juicio, al montañismo y a la música, si se quiere. Por ello, ese absurdo desprecio al mal llamado "senderismo" es como quitarle las patas a la mesa. Los iñurrategis y las segarras del futuro, si de algún lado salen, serán de esos críos que ves subiendo de la mano de sus padres por la Senda Schmidt o en las campas de Urbia y que al avistar un cercano pico pensarán por dónde se podrá subir a tan ceñuda y soberbia cumbre y comenzarán a sentir ese cosquilleo que todos hemos sentido alguna vez, y no de entre los espectadores de Desafío Everest ni payasada alguna por el estilo.

sábado, 10 de marzo de 2012

Un inglés loco, un general alemán y una oda de Horacio en el monte Ida

El monte Ida, en Creta, resulta imponente con sus casi 2.500 metros. Es una altura no excesiva, cierto, pero en una isla que casi en ningún punto alcanza 100 kilómetros de anchura, dos kilómetros y medio desde el mar son mucho desnivel. En invierno y comienzos de primavera suele estar nevado, lo que le da un especial atractivo y refuerza su apariencia de montaña cónica y casi perfecta. Además, en la Antigüedad había un circunstancia que le daba un gran prestigio: si el padre de hombres y dioses, Zeus, tenía sus moradas en el monte Olimpo, fue en una cueva del monte Ida, la gruta Coricia, donde había nacido. Su madre Rea había tenido que elegir tan peculiar y discreto paritorio por la conocida tendencia que tenía su marido Cronos a comerse a sus hijos recién nacidos. Pero quien tenga interés en las broncas familiares de los primeros dioses primigenios puede acudir a la Teogonía de Hesíodo, porque lo que nos lleva a distraer hoy nuestros ocios hilvanando historias que seguramente a nadie apenas interesarán es otra cuestión: el secuestro del general alemán Heinrich Kreipe, comandante de las fuerzas de ocupación de Creta durante la II Guerra Mundial, y la épica huida de secuestradores y secuestrado a través de la mismísima cima del monte Ida.

El protagonista de la hazaña fue un personaje peculiar con cuyos libros he tenido trato desde hace mucho: el recientemente fallecido Patrick Leigh Fermor, Paddy Fermor (1915-2011). Fermor era uno de esos clásicos "ingleses locos" que tras las huellas de Lord Byron terminaron largándose del Reino Unido y estableciéndose en algún punto del cálido Mediterráneo. Pertenece, por lo tanto, al mismo stock de aventureros como Lawrence de Arabia, alpinistas como Mallory o, ya en plan más reposado, la saga de los Durrell o de Gerald Brennan. Tenía un poco de todos ellos, y además compartía con Byron y Mallory un gran atractivo físico.

Hijo de un lord e ilustre geólogo que nunca se ocupó demasiado de su prole, Leigh Fermor era un adolescente francamente conflictivo que fue expulsado de varias instituciones académicas y hasta llegó a estar en una especie de reformatorio. Lo único en que destacaba era en deportes, aunque prefería irse a recorrer las modestas montañas británicas que los juegos de equipo, así como en literatura, griego y latín, lenguas que llegó a dominar a la perfección. En 1933, con sólo 18 años, emprendió un viaje a pie desde Holanda hasta Estambul, que años después contaría en una serie de libros que recomendamos vivamente: El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua, testimonio de primera mano de una Europa Central y Oriental que en buena medida vivía como antes de 1914, y que al poco sería barrida. Entre sus escasas pertenencias llevaba un volumen con las obras de Horacio, lo que luego veremos que tendrá su importancia.

Fermor terminó sus andanzas en Grecia, donde ya parece que anduvo metido en asuntos de espionaje, y país en el que fijaría su residencia tras la guerra. Los dos libros que dedicó al hoy maltratrado país balcánico me costó dios y ayuda encontrarlos hace ya años en inglés -encontrar lo que quieres leer y no lo que el mercado editorial te quiere imponer lleva en el siglo XXI a unas pesquisas dignas del fray Guillermo de Baskerville de El nombre de la rosa- pero han sido recientemente traducidos al castellano: Roumeli, dedicado a la Grecia "continental" y balcánica de Macedonia y Tesalia, tierra de pastores nómadas alejada del topicazo de las "islas griegas", y Mani, homenaje al recóndito país de los salvajes maniotas en el sur del Peloponeso, los descendientes de los espartanos de antaño (como prueba su hoy casi extinto dialecto griego, el único que no procede de la koiné diálektos helenística), que durante siglos no fueron sometidos por nadie. Una aldea de Mani, Kardamili, sería el sitio donde Fermor residiría las últimas décadas de su vida.

En Atenas inició un romance con Balasha Cantacuzena, una aristócrata rumana descendiente de una familia que había dado emperadores a Bizancio en los siglos XIII y XIV, y allí le sorprendió el comienzo de la guerra.

Un hecho que si no decidió el éxito aliado en la II Guerra Mundial, al menos si lo favoreció, fue que el gobierno británico hiciese un inteligente uso de eso que se llama hoy los "recursos humanos". Si en Alemania prácticamente nadie estaba exento de ir a dejarse la piel en primera línea del frente, los británicos decidieron eximir del servicio regular a cualquiera que tuviese un "valor añadido" que aportar. Así, mientras ponían a los matemáticos de Oxford y Cambridge a descifrar con toda comodidad la máquina Enigma mientras que sus colegas de Tubingen o Heildelberg morían en Estalingrado, para las "operaciones especiales" en Grecia y los Balcanes reclutaron, literalmente, a un curioso ejército de helenistas y filólogos clásicos. Debe señalarse que aunque la distancia entre el griego antiguo y el moderno es equiparable a la que hay entre el latín y cualquier lengua románica actual, la tradición de los estudios clásicos en Inglaterra no sólo incluía ser capaz de entender un texto latino o griego, sino también escribirlo y hacer discursos. La cosa al final resultó bastante bien, y en todo ello Leigh Fermor jugó un papel bastante importante, entre otras cosas porque debido a sus andanzas en Grecia se manejaba fluidamente en griego moderno.

No hace falta decir que el mayor Fermor ponía muy nerviosos a sus superiores militares por su "indisciplina", pero mostró una especial habilidad reclutando y entrenando partidas de partisanos locales. Aunque sus aventuras darían para varios libros, la más sonada fue el secuestro del general Heinrich Kreipe en abril de 1944.

Creta había sido ocupada por los alemanes en mayo de 1941 -el bombardeo de Heraklion, la "Venecia cretense", fue uno de los más brutales de la guerra, y su ejecutor por cierto no fue otro que el mismo Von Richtoffen que antes había martirizado Gernika-, y por su valiosa posición estratégica, puesto que desde ella podía amenazarse Egipto, los británicos decidieron ponerles las cosas difíciles a los alemanes ayudando a la población local organizar la resistencia. Debe decirse que desde el primer momento de la ocupación los cretenses, acostumbrados durante siglos a habérselas con los turcos, de cuyo yugo se habían librado sólo en 1911, les habían puesto muy mala cara a los alemanes, que pronto aprendieron a temer a los audaces kleftes, que si bien no desdeñaban el uso del armamento moderno de fabricación británica, opinaban que tumbar al enemigo a sablazos y rematarlo degollándolo es algo mucho más honorable y civilizado que tirar bombas desde el aire.

Fue precisamente la brutalidad de las represalias alemanas contra la población civil lo que impulsó a los británicos a moderar los ataques contra las fuerzas ocupantes y a dar un golpe de mano espectacular que demostrase que los alemanes no controlaban de hecho la isla pero al mismo tiempo no justificase el fusilamiento masivo de rehenes: secuestrar al gobernador militar de la isla y llevárselo vivito y coleando a Alejandría. Para ello, desde febrero de 1944 se había puesto en marcha una operación con un comando de partisanos cretenses comandados por varios oficiales británicos, Leigh Fermor entre ellos.

El objetivo era el general Friedrich-Wilhem Müller, odiado por su brutalidad, pero como los alemanes habían tenido que sacar tropas de la isla para reforzar otros frentes, consideraron oportuno sustituirlo por Kreipe, a quien por le repugnaba el empleo de la violencia indiscriminada contra los civiles y resultaba más conciliador. No obstante, Müller, el "Carnicero de Creta", sería capturado al final de la guerra y extraditado a Grecia, donde fue fuzgado y ahorcado en 1947.

A pesar de habérseles escapado Müller, los británicos decidieron seguir adelante con el plan, facilitado además porque el megalómano general había decidido poner en cuartel general en la famosa Villa Ariadna, el palacete que el arqueólogo Evans -otro megalómano, dicho sea de paso- se había hecho construir junto a las ruinas del palacio minoico de Cnossos, es decir, en pleno campo. Así, la noche del 26 de abril los miembros del comando interceptaron el coche de Kreipe cuando llegaba a Villa Ariadna y se lo llevaron consigo, tras dejar una nota en el coche indicando que el secuestro era acción de un comando británico, para evitar represalias contra los civiles.

El plan era alcanzar un punto de la costa sur, donde un submarino británico los recogería para llevarlos a Alejandría, pero la operación de caza y captura del comando que pusieron en marcha los alemanes les puso las cosas más difíciles de lo esperado. Cuando se vieron prácticamente rodeados, un partisano cretense indicó que la única vía de escape era ascendiendo hasta la cima del Ida y bajando por la vertiente sur.

Emprendieron la ascensión de madrugada, pero resultó ser más penosa de lo pensado, ya que el Ida estaba nevado y la nieve además estaba helada. Se ha conservadon una fotografía del grupo alcanzando la cima. Ya cerca de ella, los primeros rayos del sol se reflejaron en la nieve, y el general Kreipe, que cada vez estaba más abatido -probablemente pensaba que lo iban a fusilar-, a la vista del bello espectáculo comenzó a recitar para sí la Oda a Taliarco (Carmina, I 9) de Horacio: Vides ut alta stet nive candidum / Soracte... ("¿No ves cómo se alza el refulgente Soracte con su cima blanca de nieve...?"). Fermor iba andando cerca del general y le contestó recitando el resto de la oda. Ambos en latín, of course. En la conversación posterior, Fermor, conmovido, le dijo que no se preocupase, puesto que su intención no era sino llevarlo preso, lo que bien mirado no era tan malo. Años después diría que se dió cuenta de que con aquel militar de tradición prusiana que no era nazi pero luchaba por la Alemania de Hitler compartía una misma cultura, la de la "gran tradición" europea, la cultura de una Europa que había saltado en mil pedazos. Los hermosos versos latinos de Horacio habían sido capaces de hacer confraternizar a dos personajes muy diversos que además luchaban en bandos enfrentados.

El comando logró alcanzar el punto establecido, donde un submarino los recogió. Fermor tuvo que ser llevado en parihuelas los últimos kilómetros, ya que había empezado a manifestar los primeros síntomas de una fiebre muscular provocada por la extenuante vida aventura de los últimos años, así que curiosamente tampoco volvió al frente, ya que para cuando estuvo restablecido la guerra prácticamente había acabado. Kreipe, que no tenía a sus espaldas crímenes de guerra por los que responder, fue liberado en 1947 y falleció en 1976. En cierta ocasión incluso admitió ser entrevistado por la televisión griega junto a Leigh Fermor y otros miembros del comando que lo había secuestrado.

El secuestro del general Kreipe fue llevado al cine en 1957 en I`ll met by Moonligh (Emboscada nocturna en su versión española) dirigida por Michael Power y Emeric Pressburger, en la que el papel de Leigh Fermor es interpretado nada menos que por Dirk Bogarde. Aquí se puede ver el tráiler.

En cuanto a la oda de Horacio, era bien conocida por la gente educada antes de que la ruina de las humanidades dejara estas cosas para quienes se "especializan" en Filología Clásica y la estupidez de las sucesivas reformas universitarias -da igual quién gobierne- permitiesen que ni siquiera los licenciados en Humanidades (?) tengan noticia de qué cosa sea el carpe diem, y de ella procede una de esas sentencias latinas que antes conocían por igual los aventureros ingleses y los generales de la Wehrmacht: Permitte divis cetera, "Deja a los dioses que se ocupen del resto". He aquí nuestra modesta versión.

¿No ves cómo se alza el refulgente Soracte con su cima
blanca de nieve, cómo no sostienen tanto peso
las forestas ya cansadas, cómo de hielo acerado

duros ya no fluyen los ríos?

Tú guárdate del frío sobre el hogar

echando troncos sin avaricia y, aún más generoso,

saca ya caldo añejo de cuatro años

en copa del país de los sabinios, amigo Taliarco.

Deja el resto a los dioses, ¿pues no han sido ellos

quienes calmaron los vientos que guerra daban

a la mar revuelta, vientos que ya no más

agitan los pinares ni los añosos fresnos?

No indagues ya más qué traerá el mañana,

y cada día que el Destino te diere, tú

ponlo en tu haber, y no desdeñes, muchacho,

ni los amores dulces ni las fiestas,

en tanto que a tu lozanía no le haga mella

la vejez, tarda pero segura. Toca ahora ir

a las plazas y calles, y oir los susurros de noche

a la hora que ambos convenisteis,

y la risa delatora de una joven

que se esconde en un rincón,

y la prenda arrancada de sus brazos

o de un dedo que con malicia se resiste.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Montañeros de antaño (II): Una monja gallega en el Sinaí

En el post anterior prometía otro sobre la aventura de una monja gallega que subió al monte Sinaí. Aquí va. También debo decir que el título no está exento de cierto ssensacionalismo, puesto que su protagonista no era seguramente ni monja ni, a lo que parece, gallega, no al menos en el sentido que damos a esta palabra en la actualidad. Allá va su historia, digna eso sí, de que Álvaro Cunqueiro la hubiese narrado en sabrosa y fecunda prosa galaica. Tendréis que conformaros, pues, con la seca prosa de este pobre vardulio de ascendencia vascónica malamante romanizado y romanceado.



Allá por el siglo VII de nuestra era Valerio, un eremita que vivía en las ásperas tierras del Bierzo, escribió una carta en la que daba cuenta de las aventuras de una singular mujer, procedente como él de la Provincia Gallaecia, que en tiempos del emperador Teodosio, allá por las postrimerías del siglo IV, había emprendido una peregrinación que la llevó a recorrer las tierras de Egipto, el Sinaí, Palestina y, de vuelta a Hispania, la rutilante nueva capital del Imperio, Cosntantinopla, así como la vieja pero no menos espplendorososa capital: Roma, caput mundi. Todo ello, no hace falta decirlo, en pos de la nueva fe cristiana, católica y ortodoxa, que el mismo emperador Teodosio ("nacido, precisamente, en España", como maliciosamente apostillaba don Luis Gil) acaba de oficializar como única religión verdadera del Orbe Romano, que para el caso venía a ser lo mismo que el orbe a secas.



Y aquí empiezan los problemas, porque la cuestión es que ni siquiera sabemos cuál era el nombre exacto de la peregrina. Los modernos optan por el de Egeria -y así haremos nosotros también en adelante-, pero en los diversos manuscritos medievales que nos han transmitido la carta de Valerio el nombre en cuestión aparece copiado de modos diversos, al albur de los copistas de los monasterios visigóticos y astur-leoneses, quienes, no lo olvidemos, no gastaban gafas y tenían que hacer su muy meritorio trabajo a la luz de velas y lámparas de aceite: además de Egeria, tenemos también Aetheria, Echeria, Pulqueria, Eiheriai... No falta, además, quien haya propuesto que el nombre de la señora en cuestión no era ninguno de ellos, sino Euqueria (Eucheria en ortografía latina), lo que haría pensar nada menos que estaría emparentada con el noble patricio Euquerio, tío carnal por lado materno del mismísimo señor del Orbe de Occidente y Oriente, el divino Teodosio, hipótesis que no está falta de fundamento, como algo más abajo veremos.



Lo de que fuese "gallega" es también custionable. Tras la profunda reforma de las provincias imperiales acometida por el emperador Diocleciano a principios del siglo IV, la nueva Provincia Gallaecia se extendía por prácticamente todo el noroeste peninsular, englobando no sólo la actual Galicia, sino también el Tras Os Montes portugués, Asturias, León y buena parte de Castilla la Vieja. Así, del emperador Teodosio, nacido en la villa familiar de Cauca, la actual Coca, en Segovia, se decia así mismo que era "galaico". En cuanto a lo de "monja", en las postrimerías del siglo IV simplemente es que no había monjas. En las provincias orientales del Imperio, singularmente en Egipto, Siria y Capadocia, sí habían empezado a aperecer las primeras congregaciones de eremitas varones, pero tal cosa no ocurrirá en el Occidente latino hasta el siglo VI, y los primerios monasterios femeninos no surgen hasta aún más tarde.



Así pues, lo único que podemos afirmar con seguridad es que nuestra "montañera" fue una noble dama (a fines del siglo IV sólo la gente potentada se podía permitir viajar por capricho, por muy divino que fuese el capricho), que vivió en la segunda mitad del siglo IV de nuestra era y que era originaria de algún lugar del tercio noroccidental de la Península Ibérica. Los aficionados a Cuarto Milenio y a las novelas históricas de Toti Martínez de Lecea seguramente echarán de menos mayor precisión, pero así son las cosas. Por lo que respecta a su rango, sea cierta o no su vinculación con la dinastía imperial teodosiana, además del mero hecho de que podía permitirse viajar y era una señora bastante ilustrada, ambas cosas reservadas a muy poca gente en aquellos siglos, leyendo la relación de su peregrinación nos enteramos de que iba, por decirlo de alguna de manera, con buena recomendación a todas partes, de que solía hacerlo en litera (como Cleopatra en las películas), de que contaba con la protección de una escolta armada y, last but no least, de que tenía derecho a usar los servicios del llamado cursus publicus, es decir, el sistema de postas imperial, reservado para usos oficiales y militares, y cuyo uso particular era un estimado privilegiado concedido a unos pocos afortunados bien relacionados con el emperador. Estos datos hacen pensar que, en efecto, nuestra Egeria -o Euqueria- era alguien muy cercano a la familia del emperador Teodosio, con la que en todo caso compartía origen geográfico.



Además de todo ello, Valerio nos informa de que esta Pitita Ridruejo del mundo tardorromano no se limitó a emprender una peregrinación entre lo místico y lo turístico, sino que además consignó una valiosa relación de lo visto y vivido en aquel periplo. Tal relación, aunque fue copiada, saqueada y fusilada durante siglos por compiladores varios interesados en escribir sobre los santos lugares, luego se dió por perdida hasta que en 1884 el erudito italiano Gian Francesco Gamurrini encontró en la ciudad de Arezzo un códice del siglo XI, procedente, a lo que parece, de la abadía de Montecassino, que contenía copiada parte de la narración original de Egeria. El texto, por desgracia, está incompleto, pues sólo contiene la parte del viaje que va de la ascensión del Sinaí (la que nos interesa) hasta que al autora se pone en ruta hacia Constantinopla.



Aunque la parafernalia religiosa de Egeria echará para atrás a más de uno (de hecho, si subió al Sinaí, fue para visitar el lugar donde Yahvé entregó las Tablas de la Ley a Moisés), leyendo la relación uno no puede menos que simpatizar con Egeria, que en todo caso debió ser una mujer curiosa, con una mirada limpia y muy enérgica: lo de emprender un viaje semejante por su cuenta debió escandalizar por igual a sus contemporáneos paganos y cristianos, que si en algo coincidían es que el lugar de una mujer decente era la rueca en la intimidad del hogar. Junto a la procedencia geográfica, hay también otro rasgo que emparenta a Egeria con otra fémina inquieta y andariega de muchos siglos después, y es su delicioso estilo, coloquial y muy vivo. Aunque Egeria poseía ua buena cultura, escribe en un lenguaje muy lejano del acartonado, libresco e insufrible latín pseudo-clásico de sus contemporáneos varones, y usa numerosos giros coloquiales que muy a menudo anuncian las ya en ciernes lenguas románicas. Ello le ha valido que en lugar de honor en los estudios acerca del llamado latín vulgar.



Lo que sigue es un romanceamiento hecho por mi mismo en lenguaje vulgar de Castilla de lo contado por Egeria (o Euqueria...) hace algo más de mil seiscientos años.


... y andando llegamos a cierto lugar donde aquellas montañas hacia las que nos dirigíamos se abren y forman un valle amplísimo, enorme y de gran belleza, tras el que se veía ya el santo monte de Dios, el Sinaí. [Sigue un excursus sobre los acontecimientos bíblicos ocurridos en dicho valle, como la adoración del Becerro de Oro mientras Moisés se iba de excursión montañera] Así pues, el sábado por la tarde llegamos a dicho monte, y alcanzamos un monasterio cuyos monjes nos acogieron con gran amabilidad [obviamente, se trata del monasterio de Santa Catalina del Sinaí, que aún existe]. Hay ahí una iglesia y su correspondiente sacerdote. Tras pasar la noche en ese lugar, el domingo de buena mañana acometimos la ascensión de cada una de las montañas del lugar, acompañados por el sacerdote y otros monjes. Ahora bien, dichas montañas no se pueden ascender si no es con enorme trabajo, pues no puedes subirlos haciendo lazadas -o en zig-zag, como se suele decir-, sino de frente, y luego es menester que cada uno lo destrepes por las bravas hasta llegar al pie del monte que está en el medio, que es el Sinaí propiamente dicho. Y es así que con la ayuda de Cristo nuestro Dios, así como de las oraciones de los santos varones que nos acopañaban, y con gran fatiga, pues que abajo hube de abandonar mi silla de mano, aunque no es menos cierto que la fatiga apenas la sentía, pues iba viendo cómo con la ayuda de Dios estaba cerca de cumplir un propósito tan largo tiempo deseado, digo pues que en la hora cuarta alcanzamos la cima del santo monte de Dios, el Sinaí. [...] En cima de dicha montaña central no hay nada, sino una pequeña capilla y la covacha donde estuvo Moisés. Y una vez que hubimos leído todo cuanto viene en el libro de Moisés, y hechas las ofrendas, como nos dijeron, los sacerdotes que ahí hay nos dieron un tentempié a base de manzanas, que se recogen ahí mismo. Aunque toda esa parte del Sinaí es un pedregal, tanto a los pies de aquella montaña central que llamamos Sinaí, como en los lugares de alrededor, hay algo de tierra cultivable (...).


Luego Egeria pasa a narrar el espectacular pateo que con sus acompañantes hizo por el macizo del Sinaí en pos de todos los acontecimientos narrados en el Éxodo. No fue ciertamente una escalada extrema, pero teniendo en cuenta que los peregrinos-turistas modernos a menudo suben a lomos de un camello, todo nuestro respeto a Egeria, noble dama galaica del siglo IV que bien sabía que la fatiga es menos cuando se está a punto de alzanzar lo largamente deseado.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Montañeros de antaño (I): Francesco De Marchi

Una pregunta de rigor que suele hacerse a los montañeros y alpinistas es la de por qué suben montañas. O cabe decir más bien que era de rigor: solía hacerse antes de que las montañas se convirtiesen en anfiteatro de hazañas deportivas y atléticas varias, como Bonatti temía y reprobaba (con razón). Las respuestas raramente han sido concluyentes, quizá porque subir montañas tenga sea algo tan simple y al mismo tiempo complejo como vivir: desde que el hombre es hombre se ha preguntado por el sentido de su existencia -o incluso si su existencia tiene sentido alguno, que no es más que otro modo de formular la interrogación-, pero lo único cierto es que estamos vivos, y sólo estándolo y por estarlo podemos plantearnos la cuestión. Ahora bien, ¿eso ha sido siempre así?



Desde tiempos muy antiguos los seres humanos han subido montañas por los más diversos motivos. Ötzi se llevó consigo el secreto de qué hacía hace varios miles de años en el alto collado alpino donde murió y fue encontrado en 1991, pero después hallamos las más variopintas razones para justificar las visitas a las montañas: relaciones diversas con la divinidad, desde los sacrificios incas realizados en cimas andinas hasta Moisés subiendo al Sinaí a recibir las Tablas de la Ley (tema que nos dará para un post posterior: la ascensión al Sinaí de la noble dama romana Egeria en el siglo IV contada por ella misma), a pastorear ganados, a cazar, a matar dragones, como Pedro III de Aragón cuando subió el Canigou, o simplemente, porque había que trasponer los collados aún nevados, bien fuese a hacer la guerra a los demás (Aníbal y sus travesías de los Pirineos y Alpes) o, más frecuentemente, huyendo, como los hombres buenos cátaros que huían hacia Cataluña de los rigores inquisitoriales a través del puerto de l'Artiga, los republicanos que huían por los mismos lugares al final de la Guerra Civil o los perseguidos por los nazis que hicieron de nuevo la misma ruta de los cátaros. E incluso a matarse en las mismísimas montañas, como los italianos y austro-húngaros que hicieron lo propio en el Alto Adigio en la I Guerra Mundial y dieron origen, nada pacífico, a las vías ferratas... Sí, pero subir por el mero gusto de hacerlo, sin otro objetivo concreto que hollar la cima, ¿desde cuando se ha hecho?



Suele decirse que sin la nueva sensibilidad hacia la Naturaleza que nace entre la Ilustración dieciochesca y el Romanticismo (dos movimientos que se suelen contraponer pero mucho más entremezclados e inseparables de lo que se piensa) está en el origen del boom alpino del siglo XIX, que es cuando realmente nace el alpinismo como actividad autónoma, es decir, eso de subir montañas por el puro placer de hacerlo. Es cierto, pero no lo es menos que en tiempos aún más anteriores no faltaron verdaderos pioneros del alpinismo entendido en el sentido moderno (y, por desgracia, moderno no es lo mismo que contemporáneo). Puede que en las ascensiones que el emperador Adriano, espíritu curioso donde los haya habido, realizó a principios del siglo II d.C. al Etna en Sicilia y el Ida en Asia Menor tuviesen ya algo de espíritu alpino, pero por desgracia apenas sabemos nada de sus motivaciones; al menos, quien nos informa del acontecimiento, el anónimo autor de la Historia Augusta, escrita dos siglos y medio después, nada dice al respecto, y de hecho se limita a reseñarlas dentro del catálogo de extravagancias que atribuye al emperador viajero. Y es que para un romano subir a una montaña sin motivación práctica concreta sólo podía ser concebido como una extravagancia. Adriano, tan apreciado por los modernos a partir de Gibbon, tuvo algo que irritó sobremanera a los romanos chapados a la antigua.



Así las cosas, una de las primeras ascensiones "alpinas" de la historia, o al menos la primera que nos ha sido narrada, es la del Mont Ventoux (sí, el del Tour de France) que hizo hacia 1328 el poeta italiano Francesco Petraca en compañía de su hermano y que él mismo cuenta en una célebre carta que pasa al mismo tiempo por ser el acta de fundación del Renacimiento. Otro post prometemos. También suelen reseñarse las ascensiones de Leonardo, llenas de interés científico y curiosidad por la naturaleza. Ahora bien, la que ahora atrae su atención es otra ascensión igualmente realizada por un italiano, y que entre nosotros no es demasiado conocida: la que el ingeniero militar Francesco De Marchi (Bolonia, 1504 - L'Aquila, 1576) realizó al Corno Grande del Gran Sasso de los Apeninos un 19 de agosto del año de gracia de 1573, ¡cuando contaba casi con 70 años!




De Marchi es uno de los prototipos más acabados del hombre universal del Renacimiento, y además es considerado el primer espeleólogo y alpinista. Técnicamente no fue el primero que subió a aquella montaña, ya que el mismo reconoce que su cima ya la habían pisado los cazadores de gamuzas, y en su relato no oculta los méritos que en la hazaña tuvo su guía, pero el espíritu con que la acometió es francamente moderno. Pero mejor dejarle hablarle a él, ¿no? Bien, lo que sigue es la traducción al romance común de Castilla de la narración de aquella memorable escalada por roca descompuesta, narrada por Francesco De Marchi en lengua toscana hace más de cuatrocientos años.



"Hacía treinta y dos años que yo deseaba subir a dicha montaña para poner fin a las disputas sobre la diferencia de su altura respecto de otros montes. Así pues, en agosto del año 1573 la subí junto con el señor Cesare Schiafinato, milanés, y Diomede dall'Aquila. Y es así como que nos dirigimos a un burgo llamado Sercio, situado a seis millas de la montaña, por ver si habría quien nos condujese a la cima, pero no pudimos encontrar nadie que nos guiase (...). Nos dijeron, no obstante, que algunos cazadores de gamuzas habían estado arriba, pero no pudimos encontrar sino uno, llamado Francesco di Domenico, que había estado una vez en la cima, pero que no querría volver ahí bajo ningún concepto [pero más abajo queda claro que sí les acompañó]. Después contratamos a dos para que nos acompañasen, llamados Simoni di Giulio y su hermano Gianpietro, si bien no muy a gusto, sino a base muchos ruegos y buen sueldo. Luego fuimos a caballo hasta el lugar conocido como Campo Priviti, donde empezamos a considerar por dónde subiríamos esta asperísima montaña, de la que en verdad os digo que pasa de tres millas y media de altura (...). Ahí no se ve ningún camino, ni sendero ni escalera, sino que es menester ir buscando la ruta. Comenzamos a andar, pues, y yo llegué a una vena de piedra, altísima, por la que no podría haber avanzado más si no es teniendo alas, de modo que con gran peligro de mi persona volví atrás y tomé otro camino. En compañía del guía aún tuvimos que tomar un tercer camino, hasta que llegamos a un lugar bajo la cima, más allá del cual no era posible seguir subiendo. Pero Francesco, que iba en cabeza, dijo "Yo quiero seguir de todos modos", y yo le contesté "Adonde vayas tú voy yo también". Y así comenzamos a escalar por las piedras con pies y manos, pero eran fragilísimas a causa de la nieve y el hielo que en algunos sitios duran todo el año, y por lo general durante nueve meses en toda aquella montaña.



Así continuamos durante media milla, hasta que nos detuvimos por ver si encontraríamos otro camino, ya que por el que os he dicho no era posible seguir avanzando. Al final escogimos seguir por la izquierda, y nos pusimos a escalar de nuevo por la roca, por un lugar que daba verdadero pavor pasar. Este camino es de tal suerte que un hombre no puede ayudar a su compañero, pues le es menester agarrarse a la roca con los pies y las manos, sobre todo cuando se está ya a un tercio de milla de la cima, ya que ahí la piedra es fragilísima. Y es tal sitio, que si un hombre cayese se precipitaría en el aire más de doscientas brazadas. (...)



Finalmente, con enorme cansancio y solicitud alcanzamos la cima tras cinco horas y media de ascensión. Y cuando me encontré en la cima, pareciome estar flotando en el aire, pues todas las montañas que hay en torno de ésta quedan más abajo. Y entoncés tomé mi cuerno y lo hice sonar, haciendo que de entre los cortados de esta montaña saliesen innumerables aves, a saber, águilas, halcones, gavilanes, cernícalos y cuervos. Todos ellos volaban en torno a la cima, y el asombro que les produjo oir sonar un cuerno dejaba bien claro que haría treinta o cuarente años que nadie pisaba la cima, ciertamente algo que es peligroso y no da ganancia alguna, pues ahí no encontraréis ni siquiera hierba, sino tan sólo nieve y hielo.



(...)




Y en efecto, esta montaña es la más alta y escarpada de toda Italia, pues desde su cima se ve el Mar Adriático, y el Jónico, y el Tirreno, y si no fuese por las montañas que hay entre medias también se divisaría el Mar de Liguria. Y os digo que los precipicios son tales, que alcanzan las cinco millas, y que por ahí no pueden pasar no hombres ni animales a excepción de los pájaros (...). [Sigue la descripción del Grande Corno y macizo del Gran Sasso]



Cuando ascendíamos hacia la cima de esta montaña estaba despejado y el sol era abrasador, pero arriba el frío era enorme, tanto que en una botella de vino que habían subido se había hecho una capa de hielo, y el resto estaba francamente frío. Y a causa del frío nos refugiamos detrás de la piedras que os he dicho para hacer la colación, que fue bastante magra, porque quien quiera llegar a la cima y luego bajar de ella tiene que mantener la cabeza despejada, de modo que no sufra por el vértigo, y no debe tener tampoco dolores en los pies y las manos, tener buena vista y llevar una vida arreglada, porque de lo contrario no conseguiría ni subir, ni aún menos bajar, o cual es demás más peligroso, y que debe hacerse sólo en el mes de julio, o como mucho en agosto.



Y cuando por fin hubimos bajado de la cima, fuimos a ver una fuente que está a dos millas de esta montaña, y que dicen la Fonte Gelata (...)





Cuando De Marchi dice que el Gran Sasso, que sólo roza los 3.000 metros, es la montaña más alta de Italia, habla obviamente de la península italiana. En todo caso, antes de la invención del barómetro era imposible calcular la altura de las montañas con un mínimo de exactitud.



El curioso que quiera leer el texto original en italiano, francamente difícil de encontrar, aquí tiene la referencia bibliográfica:

Sofia Boesch Gajano - Maria Rita Berardi


Civiltá Medioevale nelli Abruzzi


Vol II: Testimonianze, a cura di Maria Rita Berardi


Edizioni Libreria Colacchi, 1990


Págs. 505-520