lunes, 14 de mayo de 2012

Cuando la lengua es la (única) patria

Hace años me dejé olvidado en un tren de cercanías un libro que apreciaba mucho. Intenté consolarme pensando que quizá llegase a manos de quien le pudiese sacar igual provecho y disfrute. No sé si pensaría igual la persona que no mucho después en otro convoy abandonó a su suerte otro libro. En aquella época mi trabajo estaba cerca de la Cibeles, y todas las noches tomaba el tren en la estación de Recoletos, que entre semana y pasadas las 10 de la noche es uno de los lugares más tétricos del mundo. Luego los vagones solían estar vacíos de gente, pero los centenares, quizá miles de viajeros que habían transportado durante el día seguían estando presentes de alguna manera; el aire estaba cargado, y el suelo y asientos cubiertos de periódicos  gratuitos o restos de los mismos, dando cuenta de una actualidad a punto de convertirse en agua pasada, arrugados y manoseados.
Había sido un día en que al cansancio de un trabajo lleno de espinas y aguijonazos se había sumado algún tipo de aflicción personal, porque guardo el vago recuerdo de que sólo deseaba llegar cuanto antes a casa y proceder a esa disolución temporal de nuestro ser que es el sueño. Según me senté atrajo mi atención un libro no muy grueso que había en el asiento de enfrente. Se llamaba El último encuentro, y su autor era Sándor Márai. Lo tomé, leí la noticia de la contraportada, pero no me resultó especialmente atractivo lo que prometía; el título incluso me parecía algo cursi. Pero sea como fuere, comencé a leerlo, más por matar el aburrimiento del viaje que por otra cosa. Terminé la lectura en casa varias horas más tarde, ya de madrugada. Así es como me convertí en un devoto seguidor del escritor húngaro, al poco de que una pequeña editorial -entonces lo era- apostase por traducir y publicar a aquel desconocido, y bastante antes de que cualquier suplemento cultural o dominical le dedicase espacio alguno, cuando Márai ya contaba con un discreto pero fiel número de lectores.
Sin embargo, aunque Márai fue un gran novelista, el libro entre los suyos que más me ha cautivado es ¡Tierra, tierra!, escrito hacia 1970: se trata de las memorias de tres años, exactamente desde enero de 1945 hasta el verano de 1948, es decir, desde el día en que Márai vio al primer soldado del Ejército Rojo en una aldea cercana a Budapest donde se había escondido con su familia huyendo de los cruces flechadas -la feroz variante local del fascismo, a cuyo lado los SS pasaban por correctos caballeros-  en razón de su remota ascendencia judía, hasta que decidió abandonar su patria -la física- para no volver nunca más.
Pero no es exacto del todo decir que abandonó su patria -sea lo que fuere lo que se esconda tras esa resbaladiza y ambigua palabra. La localidad natal de Márai, Kassa, en la que había nacido en 1900 como súbdito del Imperio Austro-húngaro, por obra de la ingeniería étnica de la posguerra quedo anexionada a Eslovaquia -entonces Checoslovaquia-, y el estado húngaro de entreguerras, aquella extraña monarquía sin monarca cuyo fino cronista social había sido él mismo, simplemente había desaparecido.
En 1947 Márai pudo hacer un viaje a Suiza, Italia y Francia. El telón de acero no había caído del todo, y los ciudadanos del Este aún tenían cierta libertad de movimientos. Naturalmente, se planteó no volver, pero lo que encontró en Europa occidental no le alentó demasiado: estaba tan envilecido y desprovisto de alma como Europa oriental. Fue sólo entonces cuando se percató de cuál era su verdadera patria:
"¿Dónde estaba mi sitio? ¿En un Occidente arrasado que de tanto mentir se había vuelto sordo? ¿O bien debía regresar a Hungría? ¿Y qué me esperaba allí? ¿La "patria"?... No tenía ganas de hacer promesas ni de concebir ilusiones. No creía que la "patria" me estuviera esperando. Pero hay en la vida instantes en que oímos una respuesta o un mensaje pronunciados en voz muy baja. tenía que regresar a Hungría, donde no se em aguardaba, donde no existían para mi tareas ni misiones, pero donde había algo que para mí es lo único que tiene sentido en la vida: la lengua húngara.
En ese momento lo comprendí por segunda vez con todas sus consecuencias. Porque a mí, ni de joven ni de mayor, ni siquiera después de haber vivido dos guerras mundiales, nunca me ha interesado nada más -de verdad y con todos sus componentes y detalles- que la lengua húngara y su manifestación más plena y suprema, la literatura húngara. Una lengua que -entre los miles de millones de seres humanos- sólo entienden diez millones. Una literatura que -al estar encerrada en esa lengua- nunca ha podido, por más esfuerzos heroicos que haya hecho, dirigirse al mundo en su auténtica realidad. Sin embargo, para mí esa lengua y esa literatura siginifican una vida plena, porque sólo en esta lengua puedo decir lo que quiero decir (y sólo en esta lengua puedo callar lo que deseo callar). Porque sólo soy verdaderamente yo mientras pueda traducir mis pensamientos en palabras húngaras. Por ejemplo, la idea -surgida en la noche del 10 de febrero de 1947- de que para mí no hay más patria que la lengua húngara. así que debía volver inmediatamente a Hungría. Vivir allí, esperar a que se pudiera escribir de nuevo libremente (...)"
Pero la evolución de los acontecimientos en Hungría en los meses siguientes le empujó a tomar la resolución de exiliarse. Intuyendo que quizás no volvería nunca -de hecho, se suicidó en 1989 en California, después de morir su mujer y su hijo, unos meses antes de que Hungría abriese sus fronteras- durante meses se aplicó a almacenar en su interior toda la cantidad posible de lengua húngara:
"De repente, como buscan el agua subterránea los animales y las plantas en época de sequía, yo comencé a buscar, en las obras de los escritores húngaros de "segunda fila", ese algo que me quería llevar, porque sabía que en el extranjero no podría encontrar ni rastro de ello".
No es que Márai se ocupase afanosamente en recopilar esas obras de "segunda fila" para llevárselas físicamente en su equipaje, sino que se dedicó durante meses a leerlas, a absorberlas, para llevarlas en su interior. Porque la paradoja es que este escritor que primero había abandonado la escritura en alemán para escribir en su lengua materna y luego había hecho de esta su única patria pasó el resto de su vida cultivando la literatura en húngaro sin que pudiese publicar nada en Hungría, único sitio donde sus libros podían ser entendidos -tras la caída del Muro, cuando unos pocos connoisseurs buscaron sus libros, se encontraron que, incluso en cierta librería de Budapest famosa por pasar literatura de contrabando prohibida por el régimen, ignoraban que nunca hubiese existido un escritor llamado Sándor Márai, a pesar de haber sido el escritor "de moda" del periodo de entreguerras. Durante décadas, fue un escritor situado fuera de su comunidad lingüística, la única que podía entenderle.
El caso de Márai recuerda parcialmente al de otro exiliado, el premio Nobel Isaac Bashevis Singer, aún más trágico si cabe, por cuanto desde su exilio neoyorquino escribía en una lengua prácticamente extinta por simple liquidación física de sus hablantes, el yiddish. Sin embargo, Singer se cuidó de que sus libros apareciesen en cuidada versión inglesa. Algunos libros de Márai fueron traducidos antes y después de la guerra, pero puntualmente. Por otra parte, aunque Márai colaboró a veces con la radio Europa Libre, tampoco se labró una carrera de militante anticomunista: su falta de fe en el comunismo derivaba más bien de una falta de fe en la Idea Única, sea esta la que fuere, que de un entusiasmo ferviente por los valores defendidos por el bloque occidental. No tuvo ninguna vocación de ser el Solzenistin húngaro.
En esta obra no faltan algunas reflexiones sobre la cultura húngara que inevitablemente me recuerdan a cosas de casa. El húngaro ciertamente tiene más hablantes que el euskera, pero vive igualmente encerrado en su mundo. Del mismo modo, pertenece a la cultura europea, pero sin entrar en ninguna de sus grandes regiones lingüísticas -la románica, la germánica, la eslava...
"(...) el idioma húngaro no se hallaba todavía tan anclado en las distintas capas de la conciencia literaria como el alemán, el italiano o el francés. Estas lenguas europeas se nutrían de su periferia idiomática teutónica, latina, eslava... El idioma húngaro no había sido almacenado en ningún lugar: hubo de reunir sus palabras durante un milenio entero, echando mano de vocablos prestados que en ocasiones eran extraños y no tenían nada que ver con el espíritu del idioma. El poeta húngaro, al cavar en las capas más profundas de su conciencia, no siempre encontraba palabras o términos apropiados para describir un fenómeno nuevo: era como si la lengua se hubiese quedado adormilada, somnolienta, en algún lugar lejano del siglo pasado. (...) Había que darle al idioma húngaro una buena dosis de vitaminas porque, después de mil años de presencia en Europa, seguía necesitando el alimento que recibía de otras lenguas. Un escritor checo que en medio del proceso de escritura descubría que necesitaba urgentemente alguna expresión recurría a las lenguas vecinas, al idioma ruso, al polaco o a algún dialecto eslavo, y encontraba de inmediato todo lo que precisaba. Pero el húngaro, ¿a quién podía pedir prestado?".
Después de todo, Márai recuerda que los nómadas magiares que allá por siglo X se establecieron en las llanuras danubianas no buscaban hacer ni cultura ni una patria, sólo pastos para sus animales. "Fueron precisamente los poetas los que terminaron transformando los pastos en patria. Siempre son los poetas los que transforman los pastos en patria". En húngaro patria se dice szülöföld. Ignoro si, como en euskera aberri, fue una de esas palabras que en determinado momento hubieron de ser "importadas" porque la había en otras lenguas pero no en húngaro. Para Márai, la lengua terminó por ser la única que conocía.
Aunque sin mediar exilio físico alguno, las reflexiones de Márai me recuerdan inevitablemente a un bello poema de Xabier Lete, publicado en su último libro: Kantu xahar batek hunkitu nau ustekabean (Egunsentiaren ezku izoztuak, "Neguan izan zen" XI).

Una vieja canción aún me ha emocionado de improvisto
ha herido mis remotas raíces
que ahora sangran y desnudas
ya no tienen el amparo de la tierra amada,
una cierta melancolía me lleva a aquellos tiempos
en los que eran legítimas asombrosas denominaciones
a los ecos que eran acrecentados por los pasos,
pero hay acaso esperanza en el país de los sones
acaso no fueron también envilecidos los campos sagrados
los vuelos de las palomas blancas en los montes
las herramientas, los rincones cabe el fuego, los gestos de amor con lo nuestro,
cuando hay algo ahí que debiera ser la patria
pero ya no está,
sólo esa ausencia y dispersión,
todo ya perdido, en quienes se marcharon
o quizá en quienes se quedaron pero sin saberlo,
sin poder ya adivinar qué era lo que nos construía,
hechos girones los más hermosos vestidos
aquellos que vestía el casero los días de fiesta
cuando aún habitaba poéticamente la tierra,
y esa gran pena ante lo que se nos va extrañando
cuando también hablar del amor es una herida del desaliento,
"adios ene maitea, adios sekulako".

Lete ya había dejado de creer en patria alguna. Recuerdo, no obstante, que en la última entrevista que le hicieron en la radio rompió a sollozar cuando pusieron la vieja canción de amor Adios ene maitea, adios sekülako cantada por Antton Valverde.

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